CHOCOLATE
Son las cinco en punto. Uno pensaría que la necesidad apológica del ser se reconciliara con la fría mañana, pero hace más de siete horas que no dejo de pensar en ti. Es justo el tiempo en que tomaste tus cosas, las metiste en esa curiosa maleta y te fuiste.
No se me dan las lágrimas ni tampoco el sentimentalismo. Pero me dueles. De alguna manera te llevas algo muy mío. Hasta podría decir que empezaba a quererte demasiado.
Me he dado cuenta de ello, porque de repente le agarre un gusto eufórico a Julio Jaramillo. El requintillo nada extraordinario me mata cuando la voz rompe el silencio con un "Me duele el corazón con tal violencia... me duele que no puedo respirar... solito he de morir, solito he de llorar, solito yo me tengo que acabar. Pobre de mi." Ay. Risa absurda, unas pocas gotas de licor en el café.
Francamente no me gustaría vivir demasiado. Por aquello de que la vida no es de lo más justa. No es justa cuando se piensa en estupideces. Cuando uno se dirige para el camino no elegido (al albedrío), pero es de pensar que uno se siente más solo cuando no tiene quien le idolatre. Francamente me tenía porque sabía como tenerme. Me decía "no tengo ganas" y sin rubor comenzaba a desvestirme. Quizá la razón este de más en el sexo y los sudores. Tal vez no tengo ni la más jota idea de perderme ante la sola alegoría de pecar de ominoso e indiscreto. Pero tú ya sabes, que me encantan las uvas y el licor de tu aliento. Me encanta la dirección a la que íbamos y que al despertar tú no eras ese individuo de la sonrisa brillante, sino del usurpador de lugar. Había detalles (breves) que me mataban: tu forma de reír ante lo insípido, el leve rubor ante el enfado, la humilde disculpa en tu mirada que jamás fue anunciada... por eso me mataba... la inútil perspectiva de tu genero, el indiscutible olor a castañas quemadas, la forma en que dormías sin roncar y la manera en que me cubrías los pies con la manta cuando me quedaba dormida en el sillón... detalles... detalles que me duelen.
CASTAÑAS
"en un mundo tan grande..."
Será difícil salir ilesa a esta hora de la madrugada. Sin embargo, no es posible entretener al jefe con un guiño sin que se dé por aludida una insinuación sexual. Ya estoy harta, me coloco mi sombrero de punto propio de los desdichados y acelero el paso por el mullido callejón... es tan tarde que la tenue luz me arrastra a recuerdos infantiles, donde el closet era un lugar espeluznante en el que mamá guardaba su vestido de novia. Los bolsillos repletos de pan duro que fungen la noción de un ten-en-pie hacen gala de estorbo mientras meto las manos y figuro en lo lejos un automóvil negro con matices azulados a un obeso que saca la mano con una sonrisa maliciosa. Corto el paso, e instintivamente aprieto las uñas por dentro de los bolsillos. El sujeto no deja de mirarme. Absurda y antagónica, me acerco al restaurante de chinos que hace horas que cerraron en espera de que algún vigilante me haga un pedacito. Y nada. De repente escucho a gente discutir. Ya no me interesa. Acelero la andanza y mi sombrero de ala ancha me queda grande. Y yo corro. Y corro.
miércoles, 13 de junio de 2007
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